Cultura salsera
Willie Colón: el trombón que cambió la salsa y el legado que terminó incómodo
El Malo del Bronx ayudó a inventar la salsa moderna con Héctor Lavoe, Rubén Blades y Fania. También terminó defendiendo posturas políticas muy lejos del nervio social que hizo grande parte de su obra.
Willie Colón murió el 21 de febrero de 2026, a los 75 años, después de ser hospitalizado por problemas respiratorios. La noticia fue confirmada por su familia y recogida por medios internacionales. Conviene empezar por ahí, sin adornar el golpe: se fue una de las figuras que más ayudó a definir cómo suena la salsa cuando deja de ser solo baile bonito y se vuelve barrio, tensión, migración, ironía y crónica social.
Colón no fue únicamente el trombonista de una época. Fue arquitecto de sonido. Entró muy joven al universo de Fania, asumió una estética dura de calle y encontró con Héctor Lavoe una química que todavía parece ilegal de tan viva: trombones ásperos, montunos con filo, humor de esquina, fatalismo y swing. Después, con Rubén Blades, llevó la salsa narrativa a otra escala. Siembra no fue solo un disco exitoso; fue una prueba de que la música bailable podía contar ciudad, política, crimen, clase, esperanza y desencanto sin pedir permiso a la radio.
Por eso su importancia no cabe en una playlist de homenaje. Colón ayudó a que la salsa neoyorquina se escuchara como una identidad completa: puertorriqueña, latina, migrante, bilingüe a su manera, orgullosa y contradictoria. Sus arreglos empujaron el trombón al frente de una forma que cambió el color del género. Sus portadas construyeron personaje. Sus colaboraciones abrieron caminos para Lavoe, Blades, Celia Cruz y para generaciones que aprendieron que una pista puede ser fiesta y periódico al mismo tiempo.
Pero el legado de Willie Colón no termina limpio. Y fingir que sí sería demasiado cómodo.
Durante décadas, Colón también fue leído como un artista de conciencia social. Participó en causas comunitarias, en defensa de derechos civiles y en política latina de Nueva York. Parte de su obra se alimentó de esa sensibilidad: la ciudad desigual, el migrante, el pobre, el que queda fuera del relato oficial. Por eso a muchos les resultó tan chocante su evolución política posterior, especialmente su apoyo público a Donald Trump y su cercanía con un discurso conservador que parecía venir de otro planeta respecto al nervio social de sus grandes años.
Ahí está la incomodidad. No borra Aguanilé. No borra El día de mi suerte. No borra Pedro Navaja, ni Plástico, ni la manera en que sus trombones siguen entrando como una advertencia. Pero sí mancha la lectura pública de un artista que alguna vez pareció cantar desde el lado de los desplazados y terminó defendiendo posiciones que muchos de esos mismos públicos vivieron como agresión política. La obra resiste; las opiniones no se evaporan por respeto al catálogo.
La pregunta no es si hay que cancelar a Willie Colón de la pista. Esa discusión suele ser floja. La pregunta más útil es cómo escuchar completo: con gratitud por la música y con memoria crítica sobre el hombre. La salsa no necesita santos. Necesita contexto. Y Colón, quizá más que otros, exige las dos cosas a la vez: volumen alto para entender lo que aportó, y ojos abiertos para no convertir la admiración en amnesia.
En Bailo Luego Existo nos quedamos con esa tensión. Su música perdura porque fue enorme. Sus decisiones políticas finales también forman parte del archivo, aunque incomoden y aunque manchen. Bailar su obra no obliga a comprar sus opiniones. Pero escucharla bien sí obliga a no esconderlas bajo la alfombra, porque esa alfombra también está en la pista.
Firmado: Bailo Luego Existo.